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lunes, 11 de enero de 2016

PARODIA DE UNA FÁBULA



Ella me pidió que la desvirgara,
que le diera lecciones de apareamiento.

Le advertí “soy borracho, y además poeta”.
Ignoró mi verba.

Y convivimos algunas semanas
hasta que estuvo lista.

Llegada la hora nos desnudamos
en un hotel, sobre Insurgentes,
con nombre de torre inclinada.

Le arranqué la virginidad a su boca.
Le desgarré la virginidad de su vulva.
Le amotiné la virginidad del ano.

Abierta como la naturaleza en primavera,
como la fosa que anda esperando cadáver,
como carroña en canal aguardando carnicero,
dolorida pero alegre
le conviví de mi trago y se negó,
pues nunca había pisteado;
entonces, también le desniñé el hígado
y su trinidad de agujeros
se adaptó de nuevo a mis dimensiones,
a mi gana erguida, mi columna de sangre.

Aguijé, sin piedad,
su espíritu lujuriante;
y en su corazón --con una navaja--
escribí: propiedad de Manolo Mugica.

Vuelta un manojo de éxtasis,
ligada emocionalmente a mi osamenta,
entre hiperventilación y gemidos,
me proclamó querencia absoluta.
Eyaculé en su boca
para preñarle de amargura las palabras,
para acallar sus vociferaciones querendonas.
Luego me vestí y le dije que no la volvería a ver.
Exclamó alguna de esas tonterías
a las que suelen recurrir los enamorados:
un “te amo”, un “te necesito”, un “¿por qué me haces esto?”,
a lo que respondí: “es que soy borracho... y además poeta” y me largué.

Tiempo después supe
que esto mismo le ocurrió a un escorpión y una rana.

lunes, 17 de marzo de 2014

LA VOZ DE LA LLAMA

Emerge incandescente.
Crea hogueras literarias
donde las musas se funden.
Se vuelven tinta
y cantan al ritmo
de la mano que las ciñe,
del cerebro que empuña el cuerpo.
Es la voz de la llama.
Arde en las venas,
las recorre
como si fuera la sangre
un camino de gasolina.

Vida y muerte
provocan la combustión de la voz
al besar la frente de un cadáver.
Se incendia el poema
y las metáforas al rojo-vivo
marcan las pupilas
de aquellos lectores
que buscan una chispa
para arder en el eco de la palabra.

La llama sube por la garganta
como si incendiara un edificio.
Halla en el siniestro de su paso
una poética inflamable
capaz de chamuscar la tersura
hasta la ceniza.
Espera los estertores del viento
que transportan la hermosura derretida
—la diáspora bella—
a los pulmones transeúntes
que extraviados en el frío
carecen de voz,
ignoran la llama.
Si el mundo inhalara
esta calcinada hermosura,
una pira universal
ardería en el corazón humano.

Debo encontrar el génesis
de esta voz,
de esta llama;
correr el riesgo de no escribir más,
ni a los que amo
ni a los que odio.

Voy a tirarme al río
para ver si la voz
se apaga.

¿Y cómo se llama la llama de la voz?
Quizá conciencia o pensamiento,
vagabundo o poeta.
Si echara tierra a su nombre,
si agua;
si lograra no dejar ascuas
tal vez
vería la voz antes de su lumbre;
antes de toda cálida fiereza
y podría contarle las caricias al fuego.

La voz se divide en dos:
                                       —¡Vos sos la voz!
                                      
    —¡Voz sos la tos!

Ninguna acierta.
Escruto el recuerdo,
desvisto a las neuronas.
Descubro que el pasado
está hecho de muerte,
la muerte está poblada de ilusiones;
las ilusiones son el poema, lo que jamás ha sido;
el verso muere después de escrito;
el lector degusta ideas disecadas.

La voz no busca la llama,
la llama encuentra la voz.
Por fin escucho con los ojos,
observo con los oídos,
aprendo a desaprender…

El pasado no quema,
                está quemado.

A LA OTRA ORILLA

“la otra orilla está en nosotros mismos.
Sin movernos, quietos, nos sentimos arrastrados,
movidos por un gran viento que nos echa fuera
de nosotros. Nos echa fuera y, al mismo tiempo,
nos empuja hacia dentro de nosotros”.

Octavio Paz

1

Sé que todo versa sobre la soledad,
esa sensación de permanecer,
de estar siendo incompleto;
fragmento sin orillas
desbordándose en los recipientes
que salen al paso;
cualquier recipiente
que nos haga sentir contenidos.

Hoy no invitaré al crimen
sino a saltar a la otra orilla.
Eso significa vaciar la mente,
encontrarse con uno mismo,
acariciar los tentáculos al alma.

Los contrarios son una sola cosa,
son la unidad estirando los brazos
como quien se despierta.

Esta es la consigna: saltar.



2

Hay que ir en contra de la gravedad
para hallar la gravedad;
lo que nos conforta
también puede matarnos.
Se debe tener peso para el salto
o existe el riesgo de no volver a caer.

Algunas orillas se alcanzan
sin efectuar un solo brinco:
aquí mis labios líricos,
allá los tuyos danzantes,
el beso es la orilla
de nuestras bocas hambrientas.

Cruzar no es saltar;
cruzar implica permanecer
y saltar abandonarse.



3

El bolígrafo no sabe
lo que mueve a la mano
que lo ciñe;
se trata de un trance,
una desconexión con la lógica
donde las palabras (corazón)
y el ritmo (emoción)
puedan entrecruzarse;
esto no ayuda a dar el salto
pero explica que somos un instrumento
musical, quirúrgico o de tortura
mas instrumento al fin.

Quien se piense como tiempo
se condena a vivir temporalmente.

Ignoro cuánto me falta,
cuánto he gastado;
he escrito todo lo que he escrito,
he dejado de escribir lo imposible.

Si debiese morir ahora, no argumentaría;
si debiese seguir con vida, no argumentaría,
en cualquiera de los casos
seguiría buscando la otra orilla.



4

Lo otro
es aquello de mí que desconozco,
la invisible fuerza capaz de destrozarme
para librar mis taras
y poder saltar a lo sobrenatural,
al misterio de la hoja que no fue fabricada
porque siempre permanecería en blanco.

El blanco es vacío,
vacío indica espacio para crecer,
para estrellarse contra uno mismo.
El negro es hueco,
hueco quiere decir que algo falta,
que se lleva encarnada la ausencia.

El tiempo nos adhiere a los objetos;
saltar es arrancarse la piel.
Antes de aprender a vivir
hay que saber morirse.



5

Deambulamos entre dos mundos:
lo profano y lo sagrado,
el gemido y la oración.
Cuando poseamos substancia,
es escribir,
cuando nuestras palabras no busquen sentido
y sólo sean palabras,
entonces sabremos lo otro:
eso de nosotros que ignoramos.
Pero lo otro también es lo inevitable:
el amor, el poema, la sangre;
la vida después de la vida.

Esto es lo único que importa:
saltar, saltar,
alcanzar la otra orilla.

jueves, 15 de agosto de 2013

POEMA DONDE MUCHO SE USA LA PALABRA DESAMOR

Hoy, el amor me golpeó por ambos flancos;
como quien dice: Me pasó factura
(patético eufemismo que intenta suplir
la mexicana frase: Me pasó a chingar).
Altos son los costos del amor
y sus afiladas espinas que en profuso se expresan;
cada éxtasis cuesta siete saudades y cuatro derrotas.

Pedimos mucho o pedimos poco;
la cantidad no importa,
el problema reside en andar pidiendo.

Y aunque no tenga planes, ni ahora ni luego ni nunca,
a veces estoy en los planes de otra gente.
Como si el futuro pudiera manipularse,
como si pudiéramos malabarearlo.

Mi descalabro radica en que no poseo abismo tangible;
el coño desmelenado o lampiño pero húmedo
—recién rasgado por el deseo o la libídine—
lo tengo seguro; es asilo de  mis alebrestes.
Distinto el cardio ritmando el cuerpo;
el alborotado latido que aletea sus intentonas
y es desplumado por el fracaso, por la falla…
(comienza a llover. Se fortalece mi depresión.
Para continuar escribiendo, camino hacia otra parte,
a un sitio donde la tormenta no legisle).

Harta el arrebato, lo pusilánime, lo cómodo.
Me dicen que debo salvarme, que debo salvarme,
pero uno no decide el peligro. Se apuesta. Eso es todo.
Y da lo mismo, pues jamás beberemos de la lluvia
sino de las charcas que genera; migas líquidas
al alcance de cualquier sitibundo conforme.
Conforme con su sed o con su miseria;
conforme con su riqueza, con sus virtudes.

Libar charcos es el amor, sólo eso.
Ello explica el abandono y la tragedia
y que no conozca a una sola pareja feliz.
Feliz en serio, no en serie; no en cliché feliz.

Imposible hallarse saludable
—la salud perjudica la muerte—
cuando del diluvio sólo aprovechamos sus reposos.

martes, 6 de agosto de 2013

LA NUEVA NOCHE EN MINIFALDA

Quiero beber hasta que la mandíbula se me vaya de lado,
y con palabras rotas
intentar un azar de poema.

Beber hasta reventar
y arder,
arder en una hoguera inquisitiva
donde la virtud se confunda con el pecado.

Otra vez la noche me abraza.
Desea besarme; me resisto.
Me convida de sus pezones etílico-etéreos
y los libo hasta emborracharme.
Como en ocasiones pasadas se pone a gatas;
eróticamente velluda se acaricia la pelambre.
Descubro un pedazo de papel
enredado en su pubis;
lo tomo, lo desdoblo y leo:
“…se hace nombrar soberana de mis sueños
 y dejó de ser doncella
con el primer bohemio que cantó
noticias sobre sus muslos…”.*

La muy puta ha devorado otro poeta.
Me gustaría sodomizarla mas ya me causa hartazgo
y mi lujuria está fláccida como un cisne.
Con altanería alcohólica la desdeño;
no se rinde.
En mi cuerpo se enreda como serpiente.
Mete a mi pantalón la única mano que le queda
mientras su lengua electriza mis oídos
para después descender a mi falo
y lamerlo y chuparlo;
liba la médula y el calcio.
Cree que le pertenezco ahora que estoy lubricado.
Entre risas me pide que la habite,
pero decido decapitarla.

Su cuerpo yace inerte en la banqueta.
Beso sus labios sin cuerpo
y amanece†


*Versos de Manuel de J. Jiménez.